Por: Mario Pera
Crédito de la foto: Vanessa Martínez
Los últimos diez años, 2005-2015, han sido productivos poéticamente para Maurizio Medo, quien viene desarrollando un proyecto lírico innovador en los últimos tiempos con poemarios muy singulares como Manicomio, Sparagmos o Homeless Hotel. A ello, el poeta le ha sumado una labor permanente como difusor de la literatura a través de la edición de antologías como País imaginario: escrituras y transtextos poesía en América Latina 1960-1979, o de la dirección del blog Transtierros, el que se ha convertido en un referente para la nueva poesía, esencialmente, hispanoamericana y estadounidense.
En medio de este tránsito, Medo se ha dado un tiempo no para detenerse sino para cerrar el círculo y proponernos la relectura y redescubrimiento de su obra poética a través del reciente Cuando el destino dejó de ser víspera (poesía reunida 2005-2015), libro en el que su autor nos presenta la versión definitiva de sus escritos en la última década. La ocasión es precisa, entonces, para conversar con el poeta sobre algunos aspectos de su lírica y, en general, sobre la poesía y un destino que este 2015, dejó de ser víspera.
- 1. Maurizio, comenzaste a publicar poesía a fines de la década de 1980. En tiempos en los que el Perú pasaba por una gran crisis socio-económica, y una guerra interna, en pleno apogeo. Evidentemente, no eras ajeno a ello. En aquel momento, ¿era la literatura, la poesía, para ti un modo de enfrentar la situación que te rodeaba? ¿Cuánto de la violencia e incertidumbre de aquella etapa se reflejaba en lo que escribías, y quizá en lo que aún escribes?
La guerra siempre fue el ruido de fondo de mi biografía, no de mi escritura, hay que diferenciar una de la otra, y sin embargo fue algo ajeno. O al menos un hecho que ocurría a medio camino entre lo real y lo que no lo era real. Entre el presente y en cómo devino ese presente.
Me explico: cuando yo digo “la guerra” no me estoy refiriendo específicamente a la de los años que señalas (los de la guerra interna en el Perú) sino que crecí antes que ésta estallara. Puedo decir que al menos ya la presentía.
¿En qué sentido? Desde pequeño, en casa, todas las historias familiares me presentaban a cada personaje (de mi familia) en una situación “borde”: mi abuelo a punto de ser fusilado por los nazis luego de meses de prisión y tortura; mi abuela interrogada por la SS….
Décadas más tarde por los conflictos étnicos entre bosnios y croatas en Bosnia-Herzegovina, te hablo del año 91, justo en el momento en que mi padre, un empresario exitoso, barajaba la posibilidad de regresar a Dubrovnik con todos nosotros. El hecho, como podrás suponer, nunca se dio porque la Guerra de las Balcanes me convirtió en el testigo de una tragedia: la de un ciudadano, en este caso uno migrante, que decide regresar a su país poco antes de saber que ese país, en este caso la ex Yugoslavia, había dejado de existir.
Algo de esto cuento en “El arribaje”. Ver aquí.
Cuando alguna vez hablé de la guerra interna en el Perú dije: nunca fui Plinio el joven escribiendo a Tácito sobre lo que ocurría la destrucción de Pompeya –se me viene a la mente Primo Levi a través de un poema que no sé si conoces: “La niña de Pompeya” en el cual los referentes son Anna Frank y la bomba de Hiroshima.
No pude ser Plinio el joven por una sola razón: no comprendía esa guerra. Por supuesto que me afectó. Baste decir que mi casa se vino abajo por dos atentados: uno contra la Residencia del embajador de los Estados Unidos y el otro contra una filial del Ministerio de Educación, una UGEL, la misma que estaba frente a mi casa (imagina el impacto de la onda expansiva) Fue especialmente este hecho el que me tocó. Yo volvía a mi casa en la madrugada y de pronto me encontré con parte de ella en ruinas, cámaras de televisión, mi abuela declarando para la prensa…
Esa noche por primera vez pude comprender, al menos algo: lo que pudo sentir mi padre al saber sobre la desaparición del país al cual –al menos lo decía así- soñaba con regresar.
Pese a ello nunca me atreví a hablar sobre el tema. Muchos, y hay que decirlo, sin haberla padecido –salvo a través de los noticiosos– transformaron la “violencia política” en un “tema” a través del cual hasta pudieron obtener ciertos réditos, sea merced a la “literatura”, basta ver la abundante cantidad de novelas escritas sobre el tema, como también a la capacidad de presentar esa violencia como un objeto para los estudios culturales. Si yo dije algo dije y varios años después fue solo: “no escribas sangre si aún no costra la herida” y si a través de esa violencia demencial pude experimentar algo fue una profunda sensación de extranjeridad. No me sentía parte ni de la guerra ni de la historia. Mi casa siempre fue una embajada de ultramar. Esto me abrió los ojos a otra realidad que aún está presente en nuestro país y que, estoy seguro, también has podido vivir: experimentar la situación del extranjero como la del antagónico natural. Y pese a que está en una situación deficitaria, pues “no pertenece”, es el blanco sobre el cual disparamos nuestros miedos, nuestras frustraciones y nuestros traumas. La cabeza de turco. El chivo expiatorio. Tal vez esto sí se refleja en mi escritura: la “soledad de no pertenecer”, como escribe Clarice Lispector. Algo que no significa realmente nada, y que sin embargo cobra un gran sentido.
- 2. Por lástima, en todos los ámbitos existe el mal hábito de encasillar. En poesía por uno u otro motivo se ubica a los creadores en un grupo sea por año de nacimiento, por fecha de primera publicación, por estilo, etc. No obstante, si atendemos a cualquiera de esos patrones, Medo no encaja en un grupo único. La libertad del estar a medio camino entre las odiosas clasificaciones, ¿te ha sido útil para desarrollar mejor tu exploración poética? El aislamiento, voluntario o no, ¿sirve?
¿La libertad o justo lo que señalaba: la soledad de no pertenecer? No sé si realmente exista ese aislamiento, Mario. Tal vez sea ideológico y solo respecto al canon. Tengo una visión distinta sobre la poesía. Creo que “poemario” es un término peyorativo y muy mal utilizado. Asumo los “poemas” como unidades abiertas, y en continua construcción. Si un poema se constituyera en algo “cerrado” muchas obras, que hoy son patrimonio del siglo XX, desaparecerían –desde las “series” de Jack Spicer hasta la obra de Zurita pasando por los “detenimientos” –me gusta llamarlos así- de Olvido García Valdés, el “errar” de Eduardo Milán, “La novela de la poesía” de Tamara Kamenszain o los “campos de ensayo”de Charles Bernstein. No creo estar hablando de escrituras que podrían ubicarse dentro de lo que Deleuze y Guattari denominan “literatura menor”, esto es, la escritura descentrada de la lengua “mayor”, “aquella que demarca una línea de fuga en donde el lenguaje asume su destierro y se sabe extranjero, incomprensible, opaco” y al mismo tiempo sí, pues como señalaba Proust: “los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera” en lugar de entramparse, como hacen algunos, en una reflexión metapoética sobre la significación del lenguaje.
La soledad de no pertenecer es el precio a pagar por la libertad para componer.
- 3. A la par, como dijo Eduardo Milán, en Latinoamérica ha habido múltiples vías al verso o para el desbordamiento del verso. Eres un poeta insular. ¿A qué se debe esta resistencia ante las tendencias o estilos poéticos? Más allá de un instinto natural de independencia, que lo tienes, ¿por qué tu obra suele evidenciar pocos puntos de vinculación con la obra de otros poetas de tu espacio y tiempo?
- Tal vez porque mi escritura constituye un proceso discontinuo y paradójico, tal vez porque se “sale” del límite oficial establecido para la poesía, tal vez porque no creo en un discurso unívoco, tal vez porque cuando hablo de una cosa estoy hablando de otra… No lo sé.
- 4. Tu poesía nace, de cierta manera, desde una ruptura. Si bien mantienes en tu memoria las coordenadas delineadas por escritores antiguos y contemporáneos, tu poesía reside en buscar un nuevo lenguaje, un habla nueva en lugar de actualizar o hacer un “refresh” de los grandes temas a tu modo, o en tu versión. ¿Es esa ruptura, ese nuevo hablar, el origen o el fin en tu trabajo poético?
Ni lo uno ni lo otro, esa escritura es mi propia habla devenida en diversas versiones hasta constituirse en su perversión. No es la respuesta desde el ethos (comprendido como la “guarida”) a una situación, por ejemplo, el estado de la poesía, es una interpretación, ¿de qué?, es simple, de la realidad observada (y padecida) desde mi propio nivel de gravedad. “Buscar un nuevo lenguaje” podría constituirse en una buena (y muy noble) acción para los poetas pero, como sostiene Simic: cualquier intento de reformar la poesía es entender mal su naturaleza.
Si hubiera algo nuevo, y en reiteradas ocasiones me he referido a mi desconfianza sobre ello, más que en el lenguaje o en el proceso de interpretación de la “poesía”, lo entrecomillo, sería la exploración de ciertos territorios los cuales, tal vez, no lo sé, se habían delimitado fuera del “ámbito” de lo poético. Ojo, pero mi escritura devino en eso. No existía un Plan maestro para el desarrollo de un proceso. La poesía no es una carrera. ¿Qué territorios? ¿Aquellos que sintonizan con el gusto manipulado desde la cultura –y economía– de la mass media? Absolutamente.
Los territorios que exploro pertenecían a la poesía de un tiempo remoto, tan remoto que no existía la escritura. Cuando vino Raúl (Zurita) a la ciudad de Arequipa una vez conversábamos frente a un joven, no recuerdo de qué exactamente. Días después lo reencontré y lo que dijo me hizo pensar mucho:
“Fue como oír las tribulaciones de dos animales en vías de extinción”.
Lo que quiero decir con esto es que la velocidad –y la ideología- del pensamiento digitalizado suceden con tal vértigo que el discurso ha quedado rezagado hasta constituirse en la guturalidad del siglo XX y convierte a sus intérpretes en seres prehistóricos . ¿Y si no me interesa esa sintonía –con la de la neo mass media posthumana– entonces de qué relaciones estoy hablando? Te cité a Raúl. Él fue el único capaz de reconocer en “Manicomio” una metáfora de la expulsión de la poesía.
Más que el vademécum impreso entre un conjunto de crónicas de un panóptico. Con la escritura de “Dime novel” (que se refiere a la novelita barata y no al convite del “habla muchacho”) amén de construir mi propio New York con la obscenidad de ciertos desplazamientos dramáticos, que hasta podrían ser isabelinos, lo que buscaba por un lado era: a) Rendir un homenaje personal tanto a esas viejas dime novels de la segunda mitad del siglo XIX como a los knockbuster; b) Ensayar una respuesta desde las antípodas a las quejas que, a sottovoce, recorren toda la obra de Anne Carson; y c) Desarrollar el personaje de un poema de Carol Ann Duffy, “La señora Sísifo”:
Piensa en la plata, me dice.
¿De qué sirve la plata, le chillo,
si ni siquiera te das tiempo para descorchar un vino
o para ir al parque a caminar conmigo?
Es un cretino.
Entonces, ¿cuál es el origen de lo que tú, generosamente, especulas que podría constituir “un habla nueva (en lugar de actualizar o hacer un “refresh” de los grandes temas”)?
Es el trabajo con los residuos. A veces es mampostería, a veces es origami, pero básicamente es el reciclaje de lo que sobra (fuera de escena) y este es el (no) lugar que la civilización (del espectáculo) o la ideología (del capital) determinó para eso que llamábamos poesía.
Al mismo tiempo, no lo voy a negar, está también presente la voluntad de alejar la escritura de ese campo al cual hoy pretende despojársele de uno de sus mayores bienes: la incertidumbre. “Esto no es poesía, felizmente”, me dijo alguien (y me alegré). Otro: “eres un constructor de edificios con las piedras antediluvianas que encontramos en algunas ruinas”. ¿Cuáles? ¿El lenguaje?¿La belleza?¿La trascendencia?¿Lo sublime? No lo sé.
En ese sentido me alegró muchísimo descubrir a Marjorie Perloff y leer cierta idea sobre una poesía (ella dice experimental, para mí no lo es) que critique las prácticas lingüísticas culturales mediante aquella idea de Wittgenstein: “desconfié de la gramática […], de la poética que dirige su atención a la textualidad”.
Por tal razón, vuelvo a pensar Perloff, para mí resulta imposible escribir poesía desde la sencillez, o, como dice ella, “mediante las oraciones consecutivas que abundan en el mundo impreso contemporáneo”.
- 5. Otra característica de tu lírica, es la constante reescritura y aproximación desde nuevas ópticas a tu obra. ¿Cuántas veces podemos volver sobre lo mismo y verlo diferente? ¿El objeto poético se agota o sólo se satura para volver a vaciarse?
Nunca el poema es el mismo que es escribimos,
No eres aquél que las palabras eligieron
Ese ha muerto de la muerte de los otros
Que vendrán después de ti
Y seguirán escribiendo
Y seguirán escribiendo.
Eres otro.
Alguien distinto.
Nunca el poema es el mismo:
He aquí su eternidad.
Es curioso que cite algo que escribí pero con el tiempo este textito se ha constituido en la piedra angular de lo que trabajo. Yo no sé si pudiéramos (o deberíamos hablar) de reescritura. Tal vez de edición. Que caigan más cenizas sobre la partitura de “El pájaro de fuego” de Stravinsky o, mejor, “limpiémosla”.
Cada vez que vuelvo sobre un texto, recuerda que para mí este constituye una obra abierta e inacabada, mi nivel de gravedad ha variado, razón por la cual puedo encontrar en él “ramas ocultas en el follaje” y desde estas la posibilidad de nuevas relaciones de la escritura con la realidad.
Pero ya que tocas ese tema hay algo en lo que quisiera ser tajante: “Cuando el destino dejó de ser víspera” es la versión definitiva de la perversión (de mi lenguaje). Con la edición de este libro “a mitad del camino de la vida” recién soy consciente de muchas cosas. Me levanté del diván y tengo en claro que muchas cosas que creí fronteras eran en realidad horizontes. Iré hacia allá.
- 6. Hace algún tiempo, estuviste de acuerdo con una mención que hizo Paul Guillén en torno a tu poesía. Guillén recordó que T. S. Eliot dijo: “Ningún poeta, ningún artista de cualquier arte, adquiere sentido completo por sí solo. Su significación, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas y los artistas muertos. No se le puede valorar individualmente se le debe comparar y contrastar con los muertos”. En ese sentido, ¿cuáles son los poetas muertos a los que te sientes más cercano, los que más han contribuido a llenar esa olla de maceración que es tu memoria?
Todos los reunidos en “Manicomio”, y que se queden ahí, por favor. Estuve, estoy de acuerdo con Paul (es bueno estar de acuerdo con Paul de vez en cuando) pero no me gusta la idea de pensar en “poetas muertos” (nunca me cayó bien Robin Williams) prefiero referirme a escrituras vivas. Algunos autores de estas ya partieron, pienso por ejemplo en Paul Celan y al mismo tiempo en John Berryman, aunque podría escribir también Frank O Hara, Jack Spicer, Jackson Mac Low, John Cage. “Un momento, no todos son poetas”. Se trata de eso: de lo que entendemos o no por poetas, y en ese sentido convendría revisar el pensamiento de Eielson. Los que cito ya no están, como tampoco está más Juan Luis Martínez, me hubiera encantado conocerlo. Pero los que más contribuyeron con llenar esa “olla de maceración que es la memoria”, es decir: a ponerle la papa al caldo, están vivos y son personas con los que puedo establecer un diálogo. Intercambiar señas de un barco a otro. A lo largo de la entrevista he nombrado a varios. Hay obras como las de Tamara (Kamenszain), Raúl (Zurita), Eduardo (Milán), Charles (Bernstein), Daniel (Freidemberg), Eduardo (Moga), José (Kozer) u Olvido (García Valdés) que para mí fueron, son fundamentales, pero no solo por lo “escrito”. Es gente con la que dialogo y sobre la que incluso puedo también haber influido. Y podría agregar otros nombres como los de Rafael Espinosa (que es más viejo que yo, esto hay que subrayarlo) u otros mucho más jóvenes (y no tanto) como Julián Herbert, Ángel Ortuño, Ernesto Lumbreras, Luis Alberto Arellano, Jorge Posada, Luis Eduardo García, Paula Abramo, Daniel Bencomo, Rodrigo Flores (tal vez por la extravagancia de sentirme mexicano, al menos tres veces al año es que los cito en primer lugar); Benito Del Pliego, Sandra Santana, especialmente Antonio Méndez Rubio; Aníbal Cristobo, Ezequiel Zaidenwerg, Enrique Winter y Patricio Grinberg, Juan José Rondinás, Andrés Villalba, Carla Badillo, tú mismo… León Félix Batista, Jorge Frisancho, Mario Arteca, Gonzalo Ramírez, Enrique Bacci o Laura Alonso (que son de mi ¿generación?) Bah….en fin, no sé Mario, es complicado, todo un fandango al estilo Siglo XX cambalache.
Ahora estoy leyendo (y deberían leer) a los jóvenes que aparecen en “Transtierros” a través de Dolce still mostro. Y es toda una experiencia vislumbrar aquello que vendrá y a lo que (felizmente) no pertenezco y tal vez no alcance a ver.
- 7. Hace varios años vives en Arequipa. ¿La mudanza generó algún cambio en tu poesía a partir del nuevo entorno? ¿Hay elementos propios de tu estancia arequipeña en tus poemarios publicados desde que vives en esa ciudad que no estén en los publicados antes?
En algo quiero ser enfático: mi obra, lo que queda (rá) tiene su Partida de nacimiento en Arequipa, en Cuando el destino dejó de ser víspera a lo sumo aparecen 5 o 6 textos escritos en Lima, si se trata de regionalizar. El entorno de la ciudad no es otro que el de mi hogar (se me viene a mente otra vez Clarice Lispector: “Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo sentí con la sed de quien está en el desierto y bebe con ansia los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y camino realmente por el desierto.”), el hogar que formamos con Ludy, a quien conoces. Aclaro esto porque no quisiera que se me endose una particularidad que no me corresponde (la de la arequipeñidad)
La presencia de Ludy en mi vida, nuestra pertenencia lo devastó todo. Sí, también a la escritura. El “afuera”, la ciudad de Arequipa, es una relatividad. Tengo sí, cómo no, algunos buenos amigos, pero ese “afuera” en este último tiempo se desplaza continuamente de territorio. Me ha tocado viajar, dos o tres veces en los últimos años, y cuando viajo sea a México o a Estados Unidos (la mayoría de veces de modo casi clandestino) me invade una situación que antes no sentí: la nostalgia por el lugar en donde dejé mi cepillo de dientes y adonde siempre volveré. Hace unos días leí un pensamiento de Doris Gibson: “un arequipeño nace donde le da la gana”. Desde ahí empecé a sentirme un poeta escandinavo.
- Biodata
- Maurizio Medo (Lima, 1965). Ha publicado en poesía Travesía en la calle del silencio (1988), Cábalas (1989), En la edad de la memoria (1990), Contemplación a través de los espejos (1992), Caos de corazones (1996), Trance (1998), Limbo para Sofía (2003), El hábito elemental (2004), Manicomio (1a. ed. 2005, 2a ed. 2007), La Trovata (2006), Contramano (en coautoría con Ernesto Carrión, 2007), Sparagmos (2008), Homeless Hotel (2012) y Cuando el destino dejó de ser víspera (poesía reunida 2005-2015) (2015). Ha publicado las antologías La letra en que nació la pena: muestra de poesía peruana 1970-2004 (en coedición con Raúl Zurita, 2004), Álbum de arena (coeditada con Ernesto Carrión, 2007) y País imaginario: escrituras y transtextos poesía en América Latina 1960-1979 (coeditada con Mario Arteca y Benito del Pliego, 2014). Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Martín Adán 1988 y el Premio de Poesía José María Eguren 2006.